Reportajes

miércoles, 8 de febrero de 2012

Silencio

Silencio, se rueda.
José Luis Cuerda vuelve a ponerse al frente de un equipo de rodaje.
Como en “El bosque animado” (1987); “La lengua de las mariposas” (1999); y “Los girasoles ciegos” (2008) renueva su mirada sobre literatura gallega y toma nuestra tierra como mágico escenario de sus películas.
En esta ocasión el guión cinematográfico tiene su apoyatura en la obra de Manuel Rivas “Todo es silencio”.
Como todas las primaveras, en la pasada me acerqué al parque del Buen Retiro, me gusta pasear entre árboles y libros.
Entre otras, visité la caseta donde Manuel Rivas firmaba. Yo hubiese querido leerlo en gallego, pero no supe esperar.
Dibujó, con su estilográfica, la página en blanco del libro. Y dejó una literaria dedicatoria: Para Tini, con silencio amigo.
Ya tenía conciencia clara de la trascendencia de los silencios, pero esa dedicatoria se grabó en el disco duro de mi cerebro.
En su novela, Rivas recrea una sociedad, en un territorio que puede ser todos los territorios, cuyas gentes saben que cuando al hablar te juegas la vida, todo es silencio.
Puedo entender unos silencios. Otros no.
España es el 2º país del mundo en fosas clandestinas. (Detrás de Camboya)
Con motivo del juicio al juez Garzón, estamos viendo y escuchando a muchas víctimas del genocidio franquista, relatando, como testigos de la defensa, los secuestros, robos, asesinatos de sus familiares.
Después de la guerra, todo era silencio. Sólo roto por los tiros en la nuca y el llanto.
Qué bien se puede entender el silencio que impone el terror. Ese silencio preñado de miedo.
Ayer, 6 de febrero, se celebró, en el Círculo de Bellas Artes un acto denominado “Memoria contra la impunidad”.
Entre otros muchos textos se leyó éste:

En estos años de democracia muchos hombres y mujeres
no han tenido la oportunidad de desprenderse de su miedo
porque el recuerdo de su tragedia ha sido un tabú.
Este poema se dirige a todos ellos.
Es un silencio largo, cruel, pesado,
es una soledad que arrasa el cielo,
es un lugar distante, un desconsuelo,
es un miedo brutal, antepasado.
Es una voz inmóvil, roca y hielo,
es un sonido sordo, plomo alado,
es angustia es dolor petrificado
es una mano inerte a ras de suelo.
Su boca no funciona como boca,
hay memoria en su voz, enmudecida,
que espanta siempre al verbo que la toca.
Su labio, más que labio es una herida,
un trágico pasado que disloca,
la amarga comisura de su vida.


El silencio protegió, impregnó el ADN de la generación de nuestros abuelos, y nosotras crecimos escuchando, en la intimidad de nuestras casas, la verdad, frente a la propaganda oficial.
Es fácil entender ese largo silencio de treinta y tantos años. Es fácil entender a aquella sociedad que se amparó en el silencio, sabían que cuando al hablar te juegas la vida, todo es silencio.

Otros silencios son más difíciles de entender.
Hoy se publica en un diario de gran difusión que El Vaticano admite que en los últimos 10 años, se han producido 4.000 casos de pederastia, abusos sexuales a menores, en el seno de La Iglesia Católica. 400 casos anuales. Más de 40 casos diarios. Así mismo admite que esa práctica es delictiva y que no han reaccionado frente a ella.
No hubo desconocimiento. Hubo encubrimiento.
Todo tapado por el silencio, roto únicamente por la voz de las víctimas.
Estoy convencida de que ese silencio no es amigo.
Es un silencio culpable, delictivo, inmoral.
Ese es el silencio que no estoy dispuesta a comprender.



Ana R. Cañil, acostumbrada a seguir un rastro sin decaer, en su más reciente investigación no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia: conocía los hechos, pero no podía confirmarlos. Había seguido la pista de un personaje siniestro, maría Topete Fernández (1900-2000) directora de la Prisión de Madres lactantes de Madrid, desde donde organizó, con la ayuda de la Iglesia – la adopción de miles de niños.
La escritora planeaba escribir un nuevo libro de investigación, M. Topete había muerto en el año 2000 y para contar su historia tendría que recurrir a testimonios de fallecidos. No era suficiente. Estuvo a punto de abandonar la empresa,  pero se convenció de que podía narrar esa historia recurriendo a la novela. Inventó unos personajes de ficción para que convivieran con los reales. Jimena Bartolomé, la protagonista, es una recreación que representa a “la tercera España, ni roja ni nacional, pero a quien los hechos llevan a ser una represaliada”.
Las peripecias de esta mujer en la cárcel sirven a la autora para contar la verdad de los primeros años de la posguerra española y para presentar a mujeres que pertenecen a la realidad como Trinidad Gallego.
La autora aprovecha parta rescatar las espeluznantes y alucinadas teorías del psiquiatra Vallejo-Nágera, quien desarrolló una pavorosa teoría, según la cual, “los marxistas tenían un gen equivocado”.
Lo que Ana R. Cañil nos cuenta en “Si a los tres días no he vuelto” muestra que el robo de niños hunde sus raíces en la dictadura franquista.
A Trinidad Gallego, al terminar la guerra la detuvieron junto con su madre y su abuela, de 87 años. Siempre creyó que la había denunciado un vecino falangista. Tras escuchar decenas de penas de muerte, respiró aliviada cuando en su juicio sumarísimo la condenaron a 30 años y un día de prisión. La llevaron a Ventas, una cárcel abarrotada de mujeres y de niños recién nacidos en la que trabajó de comadrona. Vio morir a muchos y desaparecer de un día para otro a otros muchos. En los registros penitenciarios no quedó huella alguna de aquellas víctimas de la represión franquista cuyos hijos habían nacido en la cárcel o pasado sus primeros años en ella. En numerosos casos, las madres de aquellos niños habían sido fusiladas al poco de dar a luz. El Estado, en virtud de leyes dictadas en 1940 y 1941, se hacía cargo de la patria potestad sobre los descendientes de aquellos republicanos represaliados.
El abogado Fernando Magán presentó en 2009 un escrito en la Audiencia Nacional con el nombre de Trinidad Jiménez y otros para pedir al tribunal que tomara con urgencia su testimonio sobre casos de robos de niños. La sala de lo penal tardó dos años en responder: desestimado.
Su testimonio podría haber aportado algo de luz sobre los miles de niños -según se estima, hubo unos 30.000 casos- robados durante el franquismo; algunos para ser ingresados en seminarios u hospicios; otros para ser entregados en adopción a familias comprometidas con el bando vencedor y todos para ser reeducados, en aplicación de la vesania eugenésica de Vallejo Nájera.
Trinidad Gallego murió con la memoria fresca. "Pero ningún juzgado me ha escuchado", dijo en la última entrevista que concedió al diario El País.
Antes de su muerte, en diciembre de 2011, manifestó: “Los niños robados en la guerra y la posguerra son un asunto político, pero los de la última etapa están más relacionados con redes de extorsión mafiosas”.
Dijo que ella vio las presiones para que las madres entregasen a sus hijos, pero como los historiadores, no tiene pruebas.
“Y tengo la sensación de que el muro es de la Iglesia, si ésta no abre sus archivos de adopciones y donaciones…será difícil”.
La historia de los niños “apropiados” – así prefieren ellos que se les llame – hunde sus raíces en el franquismo. Aunque en los primeros años estuvo cargada de ideología – robaban a los hijos de las presas políticas y mujeres republicanas para dárselos a familias conservadoras – pronto se convirtieron en tramas puramente económicas que extendieron sus tentáculos más allá de la dictadura. Lo atestigua Francisco tena, sociólogo y experto en la materia que lleva años rastreando el orígen de algunas de estas personas.
“Los casos más numerosos se dieron entre 1963 y 1970, aunque yo manejo casos de 1943 a 1995. En 50 años, ¡imagínate todos los afectados que pudo haber!, exclama.
Algunos de estos casos comenzaron a salir arriba en los últimos episodios del programa de telerrealidad dirigido por Paco Lobatón “Quien sabe dónde”.
Conocimiento de la atrocidad por parte de mucha gente.  Testigos innumerables. Una sociedad enferma de silencio.
Una está dispuesta a comprender ese silencio en los años de hierro, los de la dictadura y los posteriores a la muerte del dictador.
Pero no quiero comprender el silencio culpable, el silencio delictivo, el silencio inmoral de tanta gente que, en los años de la democracia no quiso romperlo para que se hiciese justicia.
¡Cuánto dolor! ¡Cuánta avaricia! ¡Cuánto silencio!
Qué bien entiendo la dedicatoria que Manuel Rivas me dejó en la página en blanco de su libro: CON SILENCIO AMIGO.





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